A medida que la tecnología biométrica se ha ido generalizando, los entornos de identidad también se han vuelto más complejos.
Las organizaciones que antes dependían de una única tecnología biométrica para un caso de uso específico pueden estar utilizando ahora el reconocimiento facial, liveness detection, la verificación de documentos y otras tecnologías de identidad en procesos como la incorporación de clientes, la autenticación, la recuperación de cuentas, el acceso del personal, la prevención del fraude y la seguridad física. En muchos casos, estas tecnologías proceden de distintos proveedores y se han implantado en momentos diferentes para resolver distintos problemas empresariales.
Las API han facilitado considerablemente esa expansión. Las organizaciones pueden incorporar nuevas tecnologías sin tener que desarrollar ellas mismas algoritmos biométricos, y los equipos pueden integrar capacidades especializadas a medida que surgen nuevos requisitos. Esta flexibilidad ha desempeñado un papel importante a la hora de hacer que la biometría sea más accesible y escalable, pero también ha contribuido a un nuevo reto: conectar más tecnologías no significa necesariamente que esas tecnologías funcionen conjuntamente como parte de una estrategia de identidad coherente.
Es aquí donde cobra importancia la distinción entre integración biométrica y coordinación biométrica. La integración permite acceder a tecnologías concretas. La coordinación crea el marco para determinar cómo deben utilizarse esas tecnologías, cómo deben interactuar y cómo pueden mejorarse con el tiempo las decisiones relativas a la identidad que de ellas se derivan.
Más allá de una simple recopilación de integraciones
Imaginemos una organización que utiliza un proveedor para la verificación de documentos, otro para la comparación facial y un tercero para liveness detection. Técnicamente, esa organización ya cuenta con un entorno biométrico con múltiples proveedores. Cada función puede estar conectada a través de una API, y cada una puede desempeñar su función prevista de manera eficaz.
Las cuestiones más complejas surgen una vez que esos sistemas están en funcionamiento. ¿Debería todos los usuarios pasar por el mismo proceso de verificación? ¿Debería una transacción de mayor riesgo requerir comprobaciones biométricas adicionales? Si una tecnología ofrece un resultado incierto, ¿debería la transacción derivarse a otro proveedor o remitirse para su revisión? ¿Cómo deberían variar los umbrales en función del caso de uso, el colectivo o el nivel de garantía requerido? ¿Y cómo sabe la organización si las tecnologías que seleccionó hace varios años siguen siendo las mejores opciones disponibles en la actualidad?
Para responder a esas preguntas se necesita algo más que conectividad. Se requiere una capa de políticas, gestión de flujos de trabajo y toma de decisiones que se sitúe entre la aplicación y las distintas tecnologías biométricas que se utilicen.
Esa capa de inteligencia constituye la base de la coordinación biométrica.
Un entorno de orquestación maduro permite a las organizaciones definir cómo debe funcionar la verificación de identidad en diferentes condiciones, en lugar de integrar un único proceso fijo en todas las aplicaciones. Se pueden aplicar diferentes capacidades biométricas en función del riesgo, el tipo de transacción, la ubicación geográfica, la población o los requisitos empresariales, mientras que la lógica de enrutamiento y de respaldo puede determinar qué ocurre cuando un resultado se sale de un umbral aceptable. En este modelo, el valor de la orquestación no radica simplemente en que una organización tenga acceso a múltiples proveedores.
El valor radica en tener un mayor control sobre cómo se utilizan esos proveedores.
Por qué cada vez resulta más difícil mantener las arquitecturas biométricas estáticas
Para muchas organizaciones, la implantación de sistemas biométricos ha seguido históricamente un patrón habitual. Surge una necesidad empresarial, se selecciona un proveedor, se lleva a cabo la integración y el flujo de trabajo permanece prácticamente sin cambios hasta que se pone en marcha otra iniciativa tecnológica importante.
Ese enfoque resulta cada vez más difícil de mantener, ya que el entorno en torno a la verificación de la identidad está cambiando a un ritmo mucho más rápido. Los «deepfakes», las identidades sintéticas, los ataques por inyección y otras técnicas de fraude basadas en la inteligencia artificial están creando nuevas formas de manipular los sistemas de identidad, mientras que los proveedores de soluciones biométricas siguen introduciendo nuevos algoritmos, métodos de detección y capacidades para hacer frente a esta situación.
Al mismo tiempo, las propias organizaciones están cambiando. Se adentran en nuevos mercados, lanzan nuevos servicios digitales, dan soporte a nuevos dispositivos y amplían el uso de la biometría a diferentes áreas de la empresa. Una tecnología o un flujo de trabajo diseñado en función del entorno operativo del pasado puede acabar resultando poco adecuado para las necesidades del futuro.
Por lo tanto, el reto no consiste simplemente en elegir una tecnología biométrica eficaz en el punto de venta. Las organizaciones necesitan cada vez más una arquitectura que permita adaptarse a medida que cambian las condiciones. Esto puede suponer introducir un nuevo proveedor de verificación de vida, evaluar un algoritmo de comparación diferente, modificar los requisitos de verificación para los usuarios de mayor riesgo o ajustar la lógica del flujo de trabajo en respuesta a nuevos patrones de fraude, sin necesidad de reconstruir las aplicaciones que dependen de dichos servicios.
La coordinación biométrica convierte esa adaptabilidad en una capacidad arquitectónica, en lugar de un proyecto de integración recurrente.
Reconsiderar la búsqueda del «mejor» proveedor de soluciones biométricas
Este cambio también modifica la forma en que las organizaciones pueden plantearse la adquisición de soluciones biométricas. Tradicionalmente, los compradores solían abordar el mercado tratando de determinar qué proveedor o algoritmo ofrecía mejores resultados y, a continuación, estandarizando en torno a esa tecnología.
La simplicidad ofrece ventajas evidentes, pero el rendimiento de la biometría rara vez es universal. Es posible que la tecnología más adecuada para una autenticación sin fricciones de los consumidores no sea la misma que se requiere para un programa gubernamental de identidad de alta seguridad. Un algoritmo diseñado para la verificación uno a uno (1:1) puede presentar puntos fuertes distintos a los de uno creado para la identificación a gran escala uno a muchos (1:N). El rendimiento también puede variar en función del dispositivo utilizado, la calidad de la imagen, las condiciones ambientales, el perfil de los usuarios y los tipos de ataques a los que se enfrenta una organización.
A medida que los entornos de identidad se vuelven más sofisticados, quizá la pregunta más útil no sea qué proveedor es el mejor en general, sino qué tecnología es la más adecuada para una decisión concreta en materia de identidad.
La orquestación ofrece una forma de poner en práctica ese enfoque. En lugar de diseñar toda una arquitectura biométrica en función de las ventajas y limitaciones de un único proveedor, las organizaciones pueden diseñar flujos de trabajo en función de los resultados y los niveles de garantía que necesitan. De este modo, se pueden aplicar diferentes tecnologías allí donde aporten mayor valor.
Esto no significa que todas las organizaciones necesiten una lista de proveedores de servicios biométricos que no deje de crecer. De hecho, incorporar tecnología sin una estrategia clara puede generar más complejidad en lugar de reducirla. El objetivo de la coordinación es hacer que esa complejidad sea gestionable, creando un método coherente para gestionar, evaluar y modificar las tecnologías que sustentan la experiencia de identidad.
De la implementación a la optimización continua
Quizás el cambio más significativo que ha supuesto la orquestación es que el rendimiento biométrico ya no debe considerarse como algo que se evalúa únicamente durante el proceso de adquisición.
Las organizaciones suelen dedicar un esfuerzo considerable a probar las tecnologías antes de su implantación, comparando la precisión, la experiencia del usuario, la seguridad y otros criterios de rendimiento. Sin embargo, una vez que el sistema entra en funcionamiento, puede que haya menos oportunidades para determinar si otro proveedor, otra configuración u otro flujo de trabajo ofrecería mejores resultados.
Esto resulta cada vez más problemático en un entorno en el que tanto la tecnología biométrica como las técnicas de fraude siguen evolucionando. Un algoritmo que ofreciera los mejores resultados durante una evaluación realizada hace dos años puede que ya no sea la mejor opción para todas las transacciones. Del mismo modo, un flujo de trabajo creado para un entorno de amenazas concreto puede tener que modificarse a medida que los atacantes desarrollan nuevos métodos.
Al permitir evaluar tecnologías, comparar resultados y ajustar los flujos de trabajo de forma más dinámica, la coordinación biométrica puede llevar a los equipos de gestión de identidades hacia un modelo de optimización continua. El rendimiento pasa a ser algo que se puede medir y mejorar a lo largo de toda la vida útil del sistema, en lugar de darse por sentado tras su implantación.
Esto supone un cambio más amplio en la forma en que las organizaciones gestionan la identidad biométrica. El enfoque empieza a alejarse de las integraciones individuales para centrarse en la infraestructura que rige todo el ecosistema biométrico.
A medida que la biometría se vaya integrando en un mayor número de interacciones digitales y físicas, es probable que las organizaciones sigan utilizando múltiples tecnologías, proveedores y métodos de verificación. Las API seguirán siendo esenciales para conectar todas esas capacidades, pero la conectividad por sí sola no proporcionará la visibilidad, la adaptabilidad ni el control necesarios para gestionarlas de forma eficaz.
La coordinación biométrica cubre esa laguna mediante la creación de una capa de inteligencia que regula cómo se seleccionan, combinan, evalúan y optimizan las tecnologías biométricas. La distinción puede parecer técnica, pero tiene importantes implicaciones en la forma en que las organizaciones desarrollan sistemas de identidad capaces de seguir evolucionando.
La conexión de las API proporciona a una organización más tecnología. La orquestación le ofrece una forma de hacer que esa tecnología funcione como un sistema.